El cuerpo se acuesta, pero la cabeza sigue despierta. Pensamientos, pendientes y conversaciones imaginarias aparecen justo cuando debería llegar el descanso.

Durante el día no siempre hay espacio para procesar lo vivido. La noche se convierte entonces en el único momento de silencio, y la mente lo aprovecha.

Este ruido no es un enemigo, sino una señal. Algo necesita atención, cierre o simplemente ser escuchado.

Crear pequeños rituales nocturnos puede ayudar a bajar la intensidad. No para callar la mente, sino para acompañarla.

Dormir mejor muchas veces empieza antes de ir a la cama.